Llegué al parapoqerlifting a principios del 2018, justo cuando mi vida estaba en ese punto donde todo se rompe y todo se vuelve a armar. Estaba pasando por una separación, y en medio de ese silencio que queda después de un final, el deporte apareció como una fuerza que me sostuvo. Me dio una rutina, una compañía que me hacía bien, sobre todo un lugar donde mi cuerpo podía hablar sin pedir permiso.
Me encontré con personas de mí misma condición física, pero que parecían tener un fuego distinto en las manos, en la forma de moverse. Ellos hacían cosas que yo creía imposibles para mí o que simplemente nunca había intentado: salir de la silla con agilidad, ir al piso, trasladarse rápidamente al banco, hacer abdominales, fondos, ejercicios de fuerza y estabilidad. Verlos era como asomarme a una versión de mí misma que todavía no conocía. Una versión que siempre había estado ahí, esperando la oportunidad de despertar.
Con el tiempo entendí que no solo estaba fortaleciendo mis músculos. También estaba fortaleciendo mi confianza. Cada habilidad nueva, cada traslado más rápido, cada kilo levantado se convertía en una evidencia silenciosa de que era capaz de mucho más de lo que imaginaba. Poco a poco fui construyendo algo muy valioso: La creencia de que podía enfrentar desafíos y superarlos. Lo que los psicólogos llamamos Autoeficacia, concepto desarrollado por Albert Bandura que se refiere a la creencia que somos capaces de enfrentar desafíos y alcanzar nuestras metas. Esta confianza no surge simplemente porque alguien nos diga «tú puedes». Nace, sobre todo, de experimentar pequeños éxitos repetidos una y otra vez, hasta que la capacidad deja de ser una esperanza y se convierte en una convicción.
Algo que también me marcó profundamente fue la forma en que me trataba mi entrenador. No me veía como una persona con discapacidad. Me veía como deportista. Como alguien capaz. Como alguien que podía exigirse, crecer y mejorar.
No era el trato de quien busca rehabilitar una limitación. Era el de quien reconoce una fortaleza. Los ejercicios eran completos, exigentes y complejos. De esos que te hacen sentir cada músculo trabajando y te recuerdan que el cuerpo puede sorprenderte cuando le das la oportunidad.
Aprender a aumentar el peso, desarrollar la fuerza necesaria para levantarlo, perfeccionar la técnica y llegar a dominarla ha sido uno de los mayores retos de mi vida deportiva. Porque levantar un peso no consiste únicamente en ser fuerte. También implica encontrar un delicado equilibrio entre fuerza, potencia, control y precisión. Horas y horas de práctica para que, al final, algo que exige tanto esfuerzo parezca sencillo, fluido e incluso bonito.
Y mientras mi cuerpo cambiaba, también comenzó a transformarse la forma en que me veía a mí misma y la manera en que los demás me percibían.
Dejé de relacionarme únicamente con mis limitaciones y mi profesión. Y empecé a reconocerme desde otras capacidades. Comencé a pensar en mí como atleta. Ya no era solo la psicóloga que utilizaba una silla de ruedas. También era una deportista que entrenaba, que se esforzaba, que tenía metas y que trabajaba por alcanzarlas. Fue un proceso profundo de reconstrucción de identidad.
La competencia, por su parte, ocupa un lugar especial en mi historia. Competir es emocionante. Tiene algo difícil de explicar y fácil de extrañar. La adrenalina, la concentración, la disciplina mental, el enfoque absoluto en una única tarea. Hay algo de ese mundo que resulta adictivo.
Yo he sido formada en otros lugares: En la universidad, en el trabajo … Pero nada me ha enseñado tanto como lo ha hecho el deporte. Una de ellas ha sido entender desde la experiencia que las personas florecen psicológicamente cuando satisfacen tres necesidades: Competencia: sentir que mejoran. Autonomía: sentir que eligen. Vinculación: sentir que pertenecen a un grupo.
El deporte me ha dado esto y más, pues te obliga a estar presente. Te enfoca, te equilibra y te da dirección. Te ofrece una meta diaria, semanal y mensual. Algo que puedes tocar, sentir y medir. Y eso resulta profundamente reconfortante.
Quizá una de las cosas más gratificantes es que el progreso se puede ver. A veces es un kilo más sobre la barra. Otras veces es una técnica más limpia, una mejor ejecución o una mayor concentración. Son avances que pueden parecer pequeños, pero que terminan construyendo cambios enormes. Esa sensación constante de crecimiento se convierte en una fuente poderosa de motivación y bienestar.
Los efectos del entrenamiento tampoco se quedaron dentro del gimnasio.
Por ejemplo, antes me daba miedo hablar en público con un micrófono. Con el tiempo ese miedo comenzó a desaparecer. Me sentía más segura, más tranquila y más confiada. La fortaleza que fui desarrollando durante los entrenamientos empezó a aparecer también en otros espacios de mi vida. Comencé a expresar mis ideas con mayor claridad, a defender mis opiniones con más seguridad y a confiar en mis capacidades en diferentes contextos. Desde la psicología lo puedes encontrar como la transferencia de habilidades psicológicas. Muchas de las fortalezas que desarrollé entrenando no se quedaron en el deporte. La disciplina, la confianza, la perseverancia y la capacidad de afrontar desafíos encontraron nuevas formas de expresarse en mi trabajo, en mis relaciones y en mi vida cotidiana.
También rompí algunos estereotipos cuando ingresé al deporte. El levantamiento de pesas suele asociarse con los hombres o con una idea muy limitada de cómo debe ser una mujer. Cuando tenía veinte años me preocupaba mucho cómo me veía la gente. En mis treinta eso empezó a perder importancia. Había vivido demasiadas experiencias para seguir construyendo mi vida alrededor de la opinión de los demás.
Entonces empecé a dar prioridad a lo que realmente me gustaba. A lo que me hacía sentir viva.
Hoy puedo decir que el deporte me hace sentir enfocada, contenta y comprometida con algo que me da sentido. Me ha cambiado la vida. Y continúa cambiándola.
Cada vez que levanto un peso, siento que también levanto una parte de mí que permaneció dormida durante mucho tiempo. Una parte que ahora respira, que ahora ocupa su lugar y que, después de años de búsqueda, sabe con mayor claridad quién es.
Por eso, cuando alguien me pregunta qué ha significado el parapowerlifting para mí, rara vez pienso primero en las medallas o en los kilos levantados. Pienso en la persona que me ayudó a descubrir que podía ser. Porque, a veces, la fuerza más importante que desarrollamos no es la que mueve el peso de una barra, sino la que transforma la forma en que nos vemos a nosotros mismos.
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